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sábado, 23 de mayo de 2020

Crossroads Hills: La joven irlandesa

💓💓💓💓💓💓


Todo comenzó con el hundimiento del gran trasatlántico al que todo el mundo llamaba insumergible: R.M.S. Titanic.
Como todo el mundo sabe, el R.M.S. Titanic salió de Southampton un 10 de abril de 1912. Dos días antes de aquella fecha, Courtney contrajo nupcias  con el hombre que su padre le había impuesto, Max O'Connor; una boda que marcaría para siempre el destino de esta joven irlandesa.
Su padre era todo lo que ella tenía en este mundo; era la persona en la que más confiaba, a pesar del trato tosco y bruto que recibía de él. Courtney sabía que aquello se debía a la amargura que le había producido la muerte temprana e inesperada de su madre, cuando apenas ella tenía doce años. Nunca hubiese imaginado que ese hombre sería el causante de todas las penurias que sufriría en su vida, aunque también resultaría ser quién la dirigiese hacia todas sus dichas.
Max O’Connor llevaba tiempo deseando casar a su hija, pero no quería entregársela a cualquiera. En realidad, quería hacer negocio con ese matrimonio. Conseguir más dinero para sus vicios.
Derek Williams, el hombre que se convertiría en el esposo de Courtney, de nacionalidad inglesa, ya había entrado en la cincuentena. Derek, sin que Max ni siquiera llegase a sospechar, sabía de la existencia de Courtney. Una joven hermosa que cuidaba, con devoción, dedicación y obediencia absoluta a su padre, que apenas era un par de años mayor que Derek. A su lado, Courtney parecía una niña.
Max mantenía una relación comercial un tanto extraña con Derek. Los negocios en los que ambos hombres se movían no eran del todo limpios; y mucho menos debían ser mencionados en presencia de la joven; todo ello giraba en torno a apuestas ilegales y mujeres de no tan buena vida.
Derek, en aquellos días, había viajado a Cork, dónde Courtney vivía con su padre. Había planeado paso a paso su plan. Nada podía salir mal. El padre de Courtney era un pésimo jugador de cartas y, si aún fuese posible, un peor bebedor. Así que éste cayó en las redes de Derek que, poco a poco, vio madurar los frutos de su plan, que no era otro que obtener la mano de Courtney.
Debido a varios trapicheos, y como pago de una deuda de juego, el padre de Courtney, aceptó casar a su hija con aquel hombre.
Courtney viajó desde Cork hasta la capital inglesa acompañada de su progenitor. Ella no supo acerca del motivo real de aquel viaje hasta que se encontró en medio de una capilla, en uno de los suburbios más concurridos, oscuros y sucios, del Londres de comienzos del siglo veinte.
Derek estaba de pie, esperaba satisfecho a la mujer que se convertiría en su esposa en apenas unos minutos. Sonrió complacido cuando vio a la joven, que no podía imaginar con qué intenciones deseaba casarse con ella. De hecho, Derek era un hombre que siempre planeaba meticulosamente todo lo que hacía; no era alguien que actuase por impulso.
El novio escupió en el suelo, lo que provocó una mirada reprobatoria del párroco de la Iglesia que aquél ignoró, a la par que miraba con desprecio a su futuro suegro: un hombre inútil, calvo, y con una barriga prominente; producto de ingerir cantidades ingentes de cerveza y al que era sumamente fácil engañar en una simple partida de pocker.
—Padre, —dijo Courtney cuando comprendió qué era lo que iba a suceder en aquel lugar; pronunció esas palabras casi en un susurro—, no puede obligarme a casarme con ese hombre—. La joven giró su rostro hacia su flamante novio—. Me dobla la edad. ¡Y no le conozco! —Courtney, por más que lo intentaba, no lograba recordar si lo había visto antes. Lo único que tenía claro era que tendría la misma edad que su progenitor.
Hacía algunos años que Derek Williams había superado la barrera de los cincuenta; no se hacía problemas en casarse con alguien más joven que él. Courtney apenas era una niña de veintidós años.
—Courtney, —Max asió por el codo a la joven, llevándola, casi a rastras, a un lateral de la iglesia—. Harás lo que tu padre te ordene—, el hombre comenzó a zarandear a la joven de forma brusca—, ¿Está claro? —Courtney miró hacia el altar; un perfecto desconocido estaba esperando para convertirla en su esposa. Lo vio hurgándose la nariz de una forma grotesca, lo que le produjo un estupor absoluto. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en lo que ese hombre esperaría de ella esa misma noche. Courtney aún creía que algún día conocería a su alma gemela, con la que compartiría su vida, sus sueños. A la que le entregaría su virginidad y le daría hijos—. Si no haces lo que te ordeno, —añadió su padre sacándola de sus sueños imposibles—, no oses jamás regresar a casa. No eres sino un estorbo —agregó con desprecio en la voz—. ¡Y no llores! —añadió—. ¡Tú obligación es casarte! Y lo harás con el hombre que yo desee y más me convenga. ¡Serás el pago de mis deudas! —repuso sin ningún tipo de pudor, admitiendo la mezquindad de su acto.
Max empujó a su hija, sin atisbo de compasión, quién cayó al suelo de la iglesia.
—¡Límpiate la cara! —le dijo su padre con desprecio; tirándole un pañuelo que ella misma había bordado con las iniciales de su progenitor y que había sido un regalo en su último cumpleaños—. ¿No querrás que la primera noche tu marido busque en cualquier furcia lo que tú debes entregarle, por derecho propio, porque tú no le resultes atractiva?
Courtney miraba con sorpresa a su padre, aquel no era el hombre cariñoso que en otro tiempo había sido; antes que su madre muriese por aquellas extrañas fiebres.
Con lágrimas en los ojos, la joven no tuvo otro remedio que asentir con la cabeza. Se puso en pie y, tras limpiarse la cara, le devolvió el pañuelo a su padre que lo rechazó. Tal vez en el fondo de su corazón sentía la crueldad de su acto y quería que la joven tuviese un recuerdo de él.
La boda apenas fue un trámite, un intercambio de anillos obtenidos por Derek de una forma no demasiado escrupulosa. Tampoco hubo ningún tipo de celebración por el enlace.
Derek era un hombre que se movía en negocios turbios; tenía sus deudas y no podía gastar más de lo estrictamente necesario.
La noche de bodas, tras varios intentos fallidos de de consumar el matrimonio, Derek abandonó malhumorado el cuarto de la pensión de mala muerte donde estaban pasando su primera noche como marido y mujer.
Derek bajó a la taberna en la que, como cada noche, hombres de aspecto descuidado y demasiado pasados de whiskey charlaban sobre el magnífico barco que se encontraba atracado en el puerto de Southampton. Había escuchado acerca de ese majestuoso navío. El insumergible le llamaban. Viajar en él, salir de Inglaterra. Por un momento, Derek pensó que esa sería una forma de escapar de las deudas. Ahora tenía una esposa y, como ya había sospechado días atrás, quizás él no podría disfrutar de ella. Pero otros hombres sí podrían hacerlo por él. Lo mejor de su plan era que podría ganar mucho dinero a costa de la joven. Había escuchado que en Nueva York pagaban fortunas por acostarse con mujeres hermosas como la suya. Las pelirrojas eran consideradas exóticas.
—Y, ¿cuándo decís que parte ese barco? —preguntó Derek a unos hombres que bebían y charlaban animadamente. Tomó asiento junto a ellos sin que le invitasen.
—En dos días, —respondió uno de los hombres sin mirar a Derek—, pero no creo que haya pasajes disponibles. Y si los hubiera, te costarían demasiado dinero, amigo—. Los hombres rieron de forma escandalosa.
—¿Cómo estás seguro de eso? —Derek observó al hombre; había bebido demasiado, era una presa fácil. Rápidamente trazó un plan.
—Me lo dijo el hombre que me vendió tres de los últimos. Mañana por la mañana mi hermano y yo, junto a su esposa, tomaremos un tren hasta Southampton. Y de allí a Nueva York. Dicen que hay una hermosa estatua dedicada a La Libertad en la entrada del puerto, saludando a los barcos que entran en la bahía. —Derek miró a los acompañantes del borracho, tratando de adivinar quién de ellos viajaría con ese hombre—. Mi hermano está durmiendo, —continuó mientras miraba hacia un hombre, algo más joven que los otros, recostado contra una de las mesas cercanas—. ¡Demasiado whiskey! —Todos volvieron a reír, excepto Derek—. ¡Y su joven esposa durmiendo solita! —exclamó el borracho y suspiró a la vez—. Alguien debería subir y darle lo que se merece—. Otra vez estallaron en carcajadas, abriendo mucho los ojos, cuando escucharon aquellas palabras.
—¿Cuánto quieres por los billetes de tu hermano y su mujer? —Derek preguntó decidido.
—¿Cuánto puedes ofrecerme? —Derek vio la lujuria y la ambición en los ojos del borracho.
—Acompáñame, —dijo Derek poniéndose en pie. —Tengo algo que podría interesarte—. Sonrió apostándolo todo a una sola carta—. ¿Te gustan las mujeres hermosas? —le preguntó al darse cuenta que el hombre desconfiaba. No las tenía todas consigo, pero quiso aprovecharse de las insinuaciones que acababa de hacer con respecto a su cuñada.
—¿Y a quién no? —respondió el dueño de los pasajes poniéndose también en pie; trataba de encararse con Derek, aunque éste se mantenía firme.
Tras un pequeño duelo de miradas, el borracho aceptó acompañar a Derek a ver eso tan interesante que podía ofrecerle; hasta la sucia habitación donde Courtney dormía.
§§§
—¡Es hermosa! —dijo el borracho a Derek sin mirarle.
Ambos hombres habían entrado sigilosamente en el cuarto, sin hacer ruido. Derek retiró las mantas que cubrían el cuerpo de su esposa. Estaba desnuda; se había asegurado de no dejar nada de su ropa en la habitación. Así se aseguraba que ella no tratase de escapar debido al pudor que le ocasionaría andar desnuda por aquel lugar.
Los ojos de su acompañante no podían apartarse de esa piel extremadamente blanca, de los pezones, con sus aureolas sonrosadas, y ese triángulo pelirrojo entre las piernas de la mujer. Había visto muchas pelirrojas en su vida, pero era la primera vez que veía a una desnuda.
—Puedes follártela toda la noche a cambio de los billetes —susurró Derek—. Quizás, se parece un poco a tu cuñada, esa carne que tanto te gusta y que está prohibida para ti.
—¡Mi hermano me matará! —el hombre miró a Derek de nuevo; desconfiado.
—También puedes ir y follarte a tu cuñada, —añadió Derek—. Aunque no estaría nada bien visto —dijo mientras sonreía de medio lado, fingía una moralidad que no tenía en absoluto.
—¿Cuál es tu relación con ella? —preguntó el borracho a Derek.
—Nos hemos casado hoy mismo.
—¿Quieres que me folle a tu mujer? —El propietario de los billetes no sabía si debía reírse ante semejante disparate.
—Sí, —respondió Derek con frialdad—. Te ofrezco cada uno de los agujeros de esta mujer a cambio de un par de pasajes del R.S.M. Titanic —sentenció—. Podrás viajar con tu tercer billete y tu hermano no podrá matarte. Estarás lejos. —Y prosiguió—: Cuando él se despierte de esa borrachera que lleva, —chasqueó la lengua—, tú estarás muy lejos, amigo mío.
El hombre barrió con la mirada, llena de lujuria, el cuerpo desnudo de Courtney. Su mente le decía que no era una buena idea; su hermano no estaría de acuerdo, salvo que también él pudiese disfrutar de esa joven. Pero aquel estaba borracho, durmiendo sobre una sucia mesa de la asquerosa taberna donde había tropezado con aquel desconocido. Miró un instante a ese hombre, preguntándose qué podría pasar por su mente para ofrecerle su mujer a un completo desconocido.
—Los pasajes, —dijo Derek impaciente—. ¡Es virgen! —añadió Derek al ver la duda en los ojos del borracho—. Es toda tuya, —añadió tras arrancarle los billetes de las manos—; pero solo por esta noche, mañana viajaremos para embarcarnos en ese navío y alejarnos de Europa para siempre.

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sábado, 11 de abril de 2020

Todo comenzó con una chica haciendo topless...

... en la torre de un castillo.


—¡Hola, princesa! ¿Siempre tomas el sol así?, —me dijo una voz en el oído. Estaba cómodamente tumbada boca arriba, tomando el sol en topless en la torre más alta de Cove Castle, a la que solo se accede por del corredor que da a mi habitación; así que tan solo yo, mi hermano, o el servicio, podemos acceder.
Le veía en raras ocasiones,  pues como yo estaba interna en un colegio de monjas, rara vez tenía oportunidad de ver a sus amigos.
Quise ponerme rápidamente la parte de arriba de mi bikini, que había dejado abandonado en el suelo. Pero él fue más rápido y, tras agacharse para recogerlo, lo retuvo entre sus manos, que mantenía a su espalda; al mismo tiempo se sentaba en mi tumbona, a la altura de mis caderas. Automáticamente cubrí mis pechos con mis brazos, gesto que le arrancó una sonora carcajada.
Sin darme tiempo a reaccionar, me cogió de las muñecas colocándolas por encima de mi cabeza y, reclinando ligeramente su cuerpo contra el mío, pero sin llegar a tocarnos, me dijo:
—¡Deberías echar el cerrojo de la torre, cuando subas aquí a tomar el sol! —La sonrisa seductora que me regaló, hizo que algo desconocido, entre mis piernas, me hiciera estremecer—. ¡Sobre todo si lo vas a hacer desnuda! —De nuevo otra sonrisa. Moví impulsivamente mis piernas. Doblándolas y extendiéndolas, no era yo quien realmente las controlaba.
—Pues, como tú has entrado, podría entrar cualquiera ahora mismo, —dije tratando de liberarme de él, pero sin conseguirlo—. Incluso mi hermano. ¿Cómo se lo explicarías? —Esboce una sonrisa forzada. —Además—, insistí imprimiendo a mi voz una seguridad en, que no sé de donde saqué. En ese momento, ya había dejado de moverme—; no estoy desnuda. ¡Estoy haciendo topless!
—Para su información, señorita, —me dijo muy despacio—, he echado el cerrojo, así que nadie va a entrar desde el otro lado si nosotros no le abrimos—. Mientras seguía hablando, recorría todo mi cuerpo con la mirada, sin borrar esa gran sonrisa de su rostro—. ¡No es que esas braguitas que llevas puestas tapen gran cosa!
Levantó de nuevo su mirada a mis ojos y sentí que su respiración cambiaba, tornándose completamente acelerada.
—Claire, —me dijo intentando recuperar la compostura—, ¿cuántos años cumples mañana?
—Dieciséis, —respondí, también con mi respiración acelerada. Sentía como mi pecho subía y bajaba vertiginosamente. Él estaba tan cerca de mí que, por momentos, mis pezones rozaban ligeramente su camisa. Sabía que a pesar de ser tan joven, mi cuerpo aparentaba el de una mujer de más edad.
—¿Eres virgen?, —me preguntó mirándome a los ojos.
—¡Qué! —Mi voz reflejo que me sentía claramente indignada por su pregunta—. ¿Cómo te atreves a preguntarme algo así?, —respondí con otra pregunta, sinceramente ofendida.
—¡Respóndeme!, —me contestó con calma, deduje que no se iba a quedar tranquilo hasta que no le diese una respuesta.
The Four Brothers 1 - La Tentación
Cerré los ojos y asentí ligeramente con la cabeza, pero no fui capaz de articular palabra alguna. Sentí una extraña sensación en el estómago. El roce de su camisa con mis pezones hacía aflorar una ligera humedad en mi entrepierna. Instintivamente frotaba mis piernas una contra la otra, tratando de controlar la reacción que su roce producía en mi cuerpo. Una sensación desconocida para mí.
—¿Alguna vez te han besado? —Aún mantenía sujetas mis manos con una de las suyas; mientras que con la otra perfilaba mi labio inferior.
—No, —respondí abriendo los ojos y encontrándome con su mirada
—Quiero hacerte un regalo, —me dijo, con la voz algo apagada por el deseo, a la vez que su mano abandonaba mi boca yendo al encuentro de la otra, sobre mis muñecas.
—Si te suelto, —buscó mi mirada—, ¿me prometes que no gritaras y permanecerás tumbada dónde estás?—Me miro muy serio, pidiéndome sinceridad. En ese instante no lo pensé, tan solo asentí con la cabeza—. Dímelo en voz alta, Claire—, exigió, inclinándose todavía más hacia mí, acercando su rostro al mío—. ¿Confías en mí? —Su voz era tan solo un sensual susurro.
—Sí, te lo prometo, —dije mirándole a los ojos—. ¡Confió en ti!
The Four Brothers 2- La Manipulación
En ese instante me soltó, pero yo no retiré los brazos de donde él les había dejado. Sin dejar de mirarnos a los ojos, sentí sus manos acariciándome lentamente a lo largo de mis brazos hasta mis hombros, para finalmente rodear dulcemente mi rostro.
Instintivamente, humedecí mis labios con la lengua cuando vi que sorteaba la distancia entre nuestros rostros, depositando sus labios sobre los míos. Los rozó apenas en una caricia, abandonándolos enseguida. Giró despacio hacia mi mejilla derecha, regándola con leves roces de sus labios que repartió hasta llegar a mi sien, pasando por mi frente, y haciendo después el camino inverso. Sus labios volvieron a pasar por los míos y, tras mirarme durante un segundo a mis ojos; se apoderó de mi boca, animándome a abrir mis labios para él, buscando el contacto de su lengua con la mía.
The Four Brothers - 3 La Traición
Mis brazos, adquiriendo vida propia, se movieron; desobedeciéndole, le rodeé en un abrazo. Sus manos se deslizaban entre nuestros cuerpos recogiendo con ternura mis pechos que, por aquel entonces apenas habían empezado a aflorar, pero que ya daban muestras de lo que un día serían. Sentí como sus dedos jugaban con mis pezones.
A medida que sus caricias se intensificaban, nuestras respiraciones se iban volviendo más y más pesadas.
Cuando su boca abandonó la mía para que pudiésemos recuperar el resuello; fue descendiendo hacia abajo, recorriendo mi cuello con su aliento. Su boca reemplazó a una de sus manos, mordiéndome suavemente el pezón, en tanto que, liberada esa mano, continuó investigándome hacia abajo, acariciándome el vientre con la palma abierta, hasta el borde de mis braguitas del bikini.
Mi cuerpo reaccionó arqueándose hacia él, mis brazos le abrazaban con fuerza, intentando retenerle pegado a mi cuerpo.
Nuestras miradas se encontraron por un instante. Permanecía aún sentado en la tumbona, con el torso reclinado sobre mí, acariciándome el nacimiento del pelo.
Tras retirar mis manos de su nuca, se incorporó para observarme, volviendo a colocar mis brazos en la postura inicial, extendidos por encima de mi cabeza. Con la mirada me indicó que no las moviese de donde las había colocado; a lo que asentí silenciosamente, cerrando los ojos, entregándome a él.
Sus manos se deslizaron por mis pechos y mi cintura, hasta llegar al punto donde las tiras de mi bikini se ajustaban a mis caderas. Aún recuerdo el tirón de la tela al deshacerse los nudos; a pesar de tener los ojos cerrados, sentía su mirada clavada en mi cuerpo.
—¡Mírame, Claire!, —me ordenó. Le obedecí. Vi en sus ojos lo que en ese instante supuse que debía ser deseo. Levanté ligeramente la cadera; sin decir palabras, retiró la fina tela de debajo de mí, dejándome completamente desnuda ante él.
—¡Eres preciosa!, —susurró, tendiéndose sobre mí, mientras me abría las piernas, colocando una rodilla entre ellas. Todavía mantenía la otra apoyada en la fría baldosa del piso de la torre.
Volvió a besarme en la boca con más ansias aun si cabe. Recorrió todo mi cuerpo con su boca y sus manos, en dirección a mis pies.
Colocándose de rodillas en el suelo, tiró de mis piernas hasta el borde de la tumbona. Sentí su mirada entre mis piernas. Instintivamente, intenté cerrarlas para ocultar esa parte tan íntima de mí; pero él, con una mirada felina, me indicó que no me atreviera a cerrarlas.
Recorrió mis piernas con besos, primero desde el tobillo hasta las rodillas, y después por la cara interna de mis muslos; obligándome a abrirle aún más mis piernas.
Cuando me percaté de lo que pretendía intenté retirarme, tratando de incorporarme de golpe; pero, sujetándome con firmeza con sus manos sobre mis caderas, él me lo impidió.
—¡Quiero ser el primero en devorarte! —Me obligó a tumbarme de nuevo y, tapándome la cara con las manos, me dejé hacer.
Continuó con la tortura de breves besos sobre la cara interna de mis muslos; mientras que, con sus dedos, separó los pliegues de mi sexo e introdujo un dedo dentro de mí, que comenzó a mover suavemente. Automáticamente, todo mi cuerpo se tensó.
—¡Relájate!, —me dijo, al mismo tiempo que su pulgar presionaba un punto completamente desconocido para mí, removiendo su índice dentro de mi humedad—. ¡Abre más las piernas!, voy a meterte otro dedo—. Cosa que hizo de inmediato, y una vez que hubo sumergido sus dedos en mí; empezó a moverlos de fuera a dentro, y de dentro a fuera, sujetándome por el vientre con la otra mano.
Cuando saco los dedos de mi interior para colocar sus manos debajo de mis nalgas, emití un leve quejido de frustración, que silencié cuando volví a sentir sus labios recorriendo mis muslos, alucinando con lo que vendría a continuación.
—¡Tienes una mancha de nacimiento en un sitio muy especial e íntimo!, —me dijo apoyando su barbilla en mi vello púbico; se refería a una pequeña peca con forma de media luna, situada justo al lado de los labios de mi sexo. Escondida de las miradas indiscretas.
—¡No se lo contarás a nadie!, —repliqué de modo cómplice, mientras me incorporaba, apoyándome sobre mis codos y sonriéndole.
—¡Será nuestro secreto!, —me dijo volviendo a desaparecer entre mis piernas, y depositando un beso en el centro de mi ser.
—¡Tus brazos! ¡Túmbate!, —me ordenó. Sentí su aliento en la parte más íntima de mi cuerpo Le obedecí abandonándome al disfrute de la sensación de su lengua invadiendo mi sexo. Mi cuerpo trataba de absorber todas las emociones que ese hombre me estaba regalando; me sentía flotar en medio de un mar de nubes blancas.
—¡Déjate llevar!, —me dijo, exhalando de nuevo su aliento contra mi sexo, y volviendo a introducir su lengua dentro de mí. Sus manos me acariciaban y jugaban con mis pechos—. ¡Ahora!, —me susurró sujetando con firmeza mis caderas.
Y en ese momento salté, salté de las nubes para aterrizar en sus brazos a la vez que gritaba su nombre. ¡Marco!
Él subió despacio besando cada milímetro de mi piel que encontraba a su paso, hasta llegar a mi boca, devorándome con ansias. De pronto, sentí algo duro contra mi vientre. Tímidamente le abracé con brazos y piernas a la vez que movía mis caderas; concediéndole permiso para que prosiguiera hasta la completa y plena consumación; preguntándome cómo, qué sentiría. Me daba absolutamente lo mismo que el hombre que tenía sobre mi cuerpo fuera dieciséis años mayor que yo, que fuese el mejor amigo de mi hermano, y mucho menos me importaban las consecuencias que aquel acto pudiera tener.
—¡Me gusta el sabor de tu miel!, —me dijo interrumpiendo mis pensamientos—. ¡Es fantástico! Sabes a chocolate con fresas, dulce y exquisito, pero a la vez prohibido—, su cabeza se deslizaba entre mi cuello y mi hombro, escondiéndose en esa concavidad.
—¿Y tú?, —pregunté tímidamente, a lo que reaccionó colocando suavemente un dedo sobre mis labios.
—¡Ssshhh!, —me hizo callar acariciándome de nuevo los labios con su pulgar, consiguiendo que me estremeciera—. Creo que esto ha sido un regalo más para mí que para ti. No puedo—, inclinó pesadamente la cabeza dirigiendo su mirada hacia mis pechos; y levantándola un segundo después, me dijo mirándome a los ojos con pesar—: ¡No voy a arrebatarte tu virginidad! ¡Mi princesa! —Levanté nuevamente la cadera hacia él, incitándole, provocándole—. ¡No hagas eso! —murmuró cerrando los ojos cuando sintió que me movía debajo de él, frotándome contra su masculinidad.
—¿Y si quisiera regalártela a ti?, —pregunté con picardía, manteniéndome completamente inmóvil. No porque yo lo quisiera, sino porque él halló la forma de inmovilizarme—. ¿Prefieres que se la regale a alguien que no la merezca?
—¿Y crees que yo la merezco? —Su pregunta cargada de sorna me hizo reflexionar.
—¡Creo que no!, —dije sintiéndome rechazada. Con un cambio brusco; él se apartó repentinamente de mí, lanzándome el bikini sobre mi estómago.
—¡Vístete!, —me ordenó en un tono de voz bastante seco—. Alguien podría subir y no sería correcto que te encontraran así, y menos conmigo.
En menos de un minuto me puse el bikini y, recogiendo mis cosas, bajé directamente a esconderme en mi cuarto, dejándole solo en la torre.
**  **

Aquella fue la última vez que le vi. Hace ya casi siete años.

The Four Brothers - La trilogía completa disponible en #Amazon

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La Tentación
La Manipulación
La Traición

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domingo, 9 de diciembre de 2018

#LaTentacion en #primereading

💓💓💓💓💓💓

—¡Hola, princesa! ¿Siempre tomas el sol así?, —me dijo una voz en el oído. Estaba cómodamente tumbada boca arriba, tomando el sol en topless en la torre más alta de Cove Castle, a la que solo se accede por del corredor que da a mi habitación; así que tan solo yo, mi hermano, o el servicio, podemos acceder.
Le veía en raras ocasiones,  pues como yo estaba interna en un colegio de monjas, rara vez tenía oportunidad de ver a sus amigos.
#LaTentación en #PrimeReading 
Quise ponerme rápidamente la parte de arriba de mi bikini, que había dejado abandonado en el suelo. Pero él fue más rápido y, tras agacharse para recogerlo, lo retuvo entre sus manos, que mantenía a su espalda; al mismo tiempo se sentaba en mi tumbona, a la altura de mis caderas. Automáticamente cubrí mis pechos con mis brazos, gesto que le arrancó una sonora carcajada.
Sin darme tiempo a reaccionar, me cogió de las muñecas colocándolas por encima de mi cabeza y, reclinando ligeramente su cuerpo contra el mío, pero sin llegar a tocarnos, me dijo:
—¡Deberías echar el cerrojo de la torre, cuando subas aquí a tomar el sol! —La sonrisa seductora que me regaló, hizo que algo desconocido, entre mis piernas, me hiciera estremecer—. ¡Sobre todo si lo vas a hacer desnuda! —De nuevo otra sonrisa. Moví impulsivamente mis piernas. Doblándolas y extendiéndolas, no era yo quien realmente las controlaba.
—Pues, como tú has entrado, podría entrar cualquiera ahora mismo, —dije tratando de liberarme de él, pero sin conseguirlo—. Incluso mi hermano. ¿Cómo se lo explicarías? —Esboce una sonrisa forzada. —Además—, insistí imprimiendo a mi voz una seguridad en, que no sé de donde saqué. En ese momento, ya había dejado de moverme—; no estoy desnuda. ¡Estoy haciendo topless!
—Para su información, señorita, —me dijo muy despacio—, he echado el cerrojo, así que nadie va a entrar desde el otro lado si nosotros no le abrimos—. Mientras seguía hablando, recorría todo mi cuerpo con la mirada, sin borrar esa gran sonrisa de su rostro—. ¡No es que esas braguitas que llevas puestas tapen gran cosa!
Levantó de nuevo su mirada a mis ojos y sentí que su respiración cambiaba, tornándose completamente acelerada.
—Claire, —me dijo intentando recuperar la compostura—, ¿cuántos años cumples mañana?
—Dieciséis, —respondí, también con mi respiración acelerada. Sentía como mi pecho subía y bajaba vertiginosamente. Él estaba tan cerca de mí que, por momentos, mis pezones rozaban ligeramente su camisa. Sabía que a pesar de ser tan joven, mi cuerpo aparentaba el de una mujer de más edad.
—¿Eres virgen?, —me preguntó mirándome a los ojos.
—¡Qué! —Mi voz reflejo que me sentía claramente indignada por su pregunta—. ¿Cómo te atreves a preguntarme algo así?, —respondí con otra pregunta, sinceramente ofendida.
—¡Respóndeme!, —me contestó con calma, deduje que no se iba a quedar tranquilo hasta que no le diese una respuesta.
Cerré los ojos y asentí ligeramente con la cabeza, pero no fui capaz de articular palabra alguna. Sentí una extraña sensación en el estómago. El roce de su camisa con mis pezones hacía aflorar una ligera humedad en mi entrepierna. Instintivamente frotaba mis piernas una contra la otra, tratando de controlar la reacción que su roce producía en mi cuerpo. Una sensación desconocida para mí.
—¿Alguna vez te han besado? —Aún mantenía sujetas mis manos con una de las suyas; mientras que con la otra perfilaba mi labio inferior.
—No, —respondí abriendo los ojos y encontrándome con su mirada
—Quiero hacerte un regalo, —me dijo, con la voz algo apagada por el deseo, a la vez que su mano abandonaba mi boca yendo al encuentro de la otra, sobre mis muñecas.
—Si te suelto, —buscó mi mirada—, ¿me prometes que no gritaras y permanecerás tumbada dónde estás?—Me miro muy serio, pidiéndome sinceridad. En ese instante no lo pensé, tan solo asentí con la cabeza—. Dímelo en voz alta, Claire—, exigió, inclinándose todavía más hacia mí, acercando su rostro al mío—. ¿Confías en mí? —Su voz era tan solo un sensual susurro.
—Sí, te lo prometo, —dije mirándole a los ojos—. Confió en ti.
En ese instante me soltó, pero yo no retiré los brazos de donde él les había dejado. Sin dejar de mirarnos a los ojos, sentí sus manos acariciándome lentamente a lo largo de mis brazos hasta mis hombros, para finalmente rodear dulcemente mi rostro.
Instintivamente, humedecí mis labios con la lengua cuando vi que sorteaba la distancia entre nuestros rostros, depositando sus labios sobre los míos. Los rozó apenas en una caricia, abandonándolos enseguida. Giró despacio hacia mi mejilla derecha, regándola con leves roces de sus labios que repartió hasta llegar a mi sien, pasando por mi frente, y haciendo después el camino inverso. Sus labios volvieron a pasar por los míos y, tras mirarme durante un segundo a mis ojos; se apoderó de mi boca, animándome a abrir mis labios para él, buscando el contacto de su lengua con la mía.
Mis brazos, adquiriendo vida propia, se movieron; desobedeciéndole, le rodeé en un abrazo. Sus manos se deslizaban entre nuestros cuerpos recogiendo con ternura mis pechos que, por aquel entonces apenas habían empezado a aflorar, pero que ya daban muestras de lo que un día serían. Sentí como sus dedos jugaban con mis pezones.
A medida que sus caricias se intensificaban, nuestras respiraciones se iban volviendo más y más pesadas.
Cuando su boca abandonó la mía para que pudiésemos recuperar el resuello; fue descendiendo hacia abajo, recorriendo mi cuello con su aliento. Su boca reemplazó a una de sus manos, mordiéndome suavemente el pezón, en tanto que, liberada esa mano, continuó investigándome hacia abajo, acariciándome el vientre con la palma abierta, hasta el borde de mis braguitas del bikini.
Mi cuerpo reaccionó arqueándose hacia él, mis brazos le abrazaban con fuerza, intentando retenerle pegado a mi cuerpo.
Nuestras miradas se encontraron por un instante. Permanecía aún sentado en la tumbona, con el torso reclinado sobre mí, acariciándome el nacimiento del pelo.
Tras retirar mis manos de su nuca, se incorporó para observarme, volviendo a colocar mis brazos en la postura inicial, extendidos por encima de mi cabeza. Con la mirada me indicó que no las moviese de donde las había colocado; a lo que asentí silenciosamente, cerrando los ojos, entregándome a él.
Sus manos se deslizaron por mis pechos y mi cintura, hasta llegar al punto donde las tiras de mi bikini se ajustaban a mis caderas. Aún recuerdo el tirón de la tela al deshacerse los nudos; a pesar de tener los ojos cerrados, sentía su mirada clavada en mi cuerpo.
—¡Mírame, Claire!, —me ordenó. Le obedecí. Vi en sus ojos lo que en ese instante supuse que debía ser deseo. Levanté ligeramente la cadera; sin decir palabras, retiró la fina tela de debajo de mí, dejándome completamente desnuda ante él.
—¡Eres preciosa!, —susurró, tendiéndose sobre mí, mientras me abría las piernas, colocando una rodilla entre ellas. Todavía mantenía la otra apoyada en la fría baldosa del piso de la torre.
Volvió a besarme en la boca con más ansias aun si cabe. Recorrió todo mi cuerpo con su boca y sus manos, en dirección a mis pies.
Colocándose de rodillas en el suelo, tiró de mis piernas hasta el borde de la tumbona. Sentí su mirada entre mis piernas. Instintivamente, intenté cerrarlas para ocultar esa parte tan íntima de mí; pero él, con una mirada felina, me indicó que no me atreviera a cerrarlas.
Recorrió mis piernas con besos, primero desde el tobillo hasta las rodillas, y después por la cara interna de mis muslos; obligándome a abrirle aún más mis piernas.
Cuando me percaté de lo que pretendía intenté retirarme, tratando de incorporarme de golpe; pero, sujetándome con firmeza con sus manos sobre mis caderas, él me lo impidió.
—¡Quiero ser el primero en devorarte! —Me obligó a tumbarme de nuevo y, tapándome la cara con las manos, me dejé hacer.
Continuó con la tortura de breves besos sobre la cara interna de mis muslos; mientras que, con sus dedos, separó los pliegues de mi sexo e introdujo un dedo dentro de mí, que comenzó a mover suavemente. Automáticamente, todo mi cuerpo se tensó.
La Tentación
—¡Relájate!, —me dijo, al mismo tiempo que su pulgar presionaba un punto completamente desconocido para mí, removiendo su índice dentro de mi humedad—. ¡Abre más las piernas!, voy a meterte otro dedo—. Cosa que hizo de inmediato, y una vez que hubo sumergido sus dedos en mí; empezó a moverlos de fuera a dentro, y de dentro a fuera, sujetándome por el vientre con la otra mano.
Cuando saco los dedos de mi interior para colocar sus manos debajo de mis nalgas, emití un leve quejido de frustración, que silencié cuando volví a sentir sus labios recorriendo mis muslos, alucinando con lo que vendría a continuación.
—¡Tienes una mancha de nacimiento en un sitio muy especial e íntimo!, —me dijo apoyando su barbilla en mi vello púbico; se refería a una pequeña peca con forma de media luna, situada justo al lado de los labios de mi sexo. Escondida de las miradas indiscretas.
—¡No se lo contarás a nadie!, —repliqué de modo cómplice, mientras me incorporaba, apoyándome sobre mis codos y sonriéndole.
—¡Será nuestro secreto!, —me dijo volviendo a desaparecer entre mis piernas, y depositando un beso en el centro de mi ser.
—¡Tus brazos! ¡Túmbate!, —me ordenó. Sentí su aliento en la parte más íntima de mi cuerpo Le obedecí abandonándome al disfrute de la sensación de su lengua invadiendo mi sexo. Mi cuerpo trataba de absorber todas las emociones que ese hombre me estaba regalando; me sentía flotar en medio de un mar de nubes blancas.
—¡Déjate llevar!, —me dijo, exhalando de nuevo su aliento contra mi sexo, y volviendo a introducir su lengua dentro de mí. Sus manos me acariciaban y jugaban con mis pechos—. ¡Ahora!, —me susurró sujetando con firmeza mis caderas.
Y en ese momento salté, salté de las nubes para aterrizar en sus brazos a la vez que gritaba su nombre. ¡Marco!
Él subió despacio besando cada milímetro de mi piel que encontraba a su paso, hasta llegar a mi boca, devorándome con ansias. De pronto, sentí algo duro contra mi vientre. Tímidamente le abracé con brazos y piernas a la vez que movía mis caderas; concediéndole permiso para que prosiguiera hasta la completa y plena consumación; preguntándome cómo, qué sentiría. Me daba absolutamente lo mismo que el hombre que tenía sobre mi cuerpo fuera dieciséis años mayor que yo, que fuese el mejor amigo de mi hermano, y mucho menos me importaban las consecuencias que aquel acto pudiera tener.
—¡Me gusta el sabor de tu miel!, —me dijo interrumpiendo mis pensamientos—. ¡Es fantástico! Sabes a chocolate con fresas, dulce y exquisito, pero a la vez prohibido—, su cabeza se deslizaba entre mi cuello y mi hombro, escondiéndose en esa concavidad.
—¿Y tú?, —pregunté tímidamente, a lo que reaccionó colocando suavemente un dedo sobre mis labios.
—¡Ssshhh!, —me hizo callar acariciándome de nuevo los labios con su pulgar, consiguiendo que me estremeciera—. Creo que esto ha sido un regalo más para mí que para ti. No puedo—, inclinó pesadamente la cabeza dirigiendo su mirada hacia mis pechos; y levantándola un segundo después, me dijo mirándome a los ojos con pesar—: ¡No voy a arrebatarte tu virginidad! ¡Mi princesa! —Levanté nuevamente la cadera hacia él, incitándole, provocándole—. ¡No hagas eso! —murmuró cerrando los ojos cuando sintió que me movía debajo de él, frotándome contra su masculinidad.
—¿Y si quisiera regalártela a ti?, —pregunté con picardía, manteniéndome completamente inmóvil. No porque yo lo quisiera, sino porque él halló la forma de inmovilizarme—. ¿Prefieres que se la regale a alguien que no la merezca?
—¿Y crees que yo la merezco? —Su pregunta cargada de sorna me hizo reflexionar.
—¡Creo que no!, —dije sintiéndome rechazada. Con un cambio brusco; él se apartó repentinamente de mí, lanzándome el bikini sobre mi estómago.
—¡Vístete!, —me ordenó en un tono de voz bastante seco—. Alguien podría subir y no sería correcto que te encontraran así, y menos conmigo.
En menos de un minuto me puse el bikini y, recogiendo mis cosas, bajé directamente a esconderme en mi cuarto, dejándole solo en la torre.
**  **
Aquella fue la última vez que le vi. Hace ya casi siete años.

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miércoles, 21 de noviembre de 2018

Prólogo de #LavenganzadeAdri

Aquí os dejo el prólogo de mi nueva novela, disponible en Amazon en su versión digital, su versión papel y gratis con kindleunlimited

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Esta mañana me he levantado con una decisión firme. Voy a dimitir de mi trabajo; es más, ya tengo mi carta de renuncia redactada e impresa.
—Buenos días —saluda Rosa, la recepcionista de la empresa donde llevo trabajando desde hace más de diez años, cuando paso por la recepción del edificio. Mi vida, hasta hace apenas una semana, era sencilla y rutinaria.
Después de mi ascenso, Rosa y yo lo celebramos por todo lo alto; creí que era lo mejor que podía haberme sucedido. No podía estar más equivocada. Pero, aquel día, estaba muy feliz. Decidimos salir a cenar y después ir a bailar a una discoteca hasta altas horas de la noche. Nunca imaginé que, tan solo una semana después, me iba a rendir, casi sin haber plantado batalla; pero es que no tengo otra opción.
Tan solo recordar el sabor de sus labios, su erección apretándose firme contra mí bajo vientre… por suerte para mí, no pasó de ahí y no tengo nada de qué arrepentirme.
No quiero estar con nadie, ni siquiera quiero tener sexo esporádico. Tampoco busco una relación. Lo que ocurre es que no quiero repetir la experiencia vivida con Eros y Gary. Tengo que reconocer que aquello, lo que tuve con ellos, fue demasiado bueno. No, en realidad, lo que sucede es que no quiero el tipo de relación que tenía con ellos. Al fin y al cabo, la aparición de George fue la excusa perfecta para marcharme de Londres e iniciar una nueva vida en Madrid.
Me siento en mi mesa porque mi jefe aún no ha llegado. La entrega de la carta deberá esperar un poco, pero no demasiado.
—A mi despacho, —dice sin mirarme, cuando entra en la oficina de dirección.
Tomo la carta entre mis manos y, tras esconderla en el bolsillo de mi vestido, uno de esos camiseros, camino rápido detrás de él.
En cuanto traspaso la puerta no me da tregua, me arrincona contra la pared, detrás de la puerta y, tras levantarme la falda, me alza al vuelo aferrando mis nalgas y besándome.
Sin ser consciente de ello, abro mi boca por instinto y lucho contra él. Pero no para deshacerme de su ímpetu repentino, sino para tener el control del beso.
Me aferro con fuerza a su cuello y trato de empujar mis caderas contra su magnífica erección. La misma que sentí hace menos de diez horas. Está pegada contra mis bragas que, sospecho, deben estar más que mojadas por su culpa.
Camina hacia su mesa conmigo entre sus brazos y, sin ningún reparo, retira de forma brusca todo lo que hay sobre ella: papeles, portátil, bolígrafos… todo cae al suelo con un enorme estruendo.
—Ayer te me escapaste, —me dice con la voz agitada, tras apartarse un poco de mí—, pero hoy no te me vas a escurrir. Lo primero que voy a hacer cada mañana, a partir de ahora, va a ser follarla, señorita Garza. ¿Está de acuerdo? —pregunta y me mira con ansiedad.
—Sí —respondo. Estoy sorprendida, no sé de dónde ha salido mi respuesta: si de mi boca o del deseo carnal que siento hacia este hombre. No me deja decir nada más.
Su mano se interna bajo mi falda y, tras arrancar mis bragas, me penetra con fuerza. De mi garganta sale un grito de placer e, instintivamente, coloca su mano sobre mi boca para que nadie me escuche.
—Otra cosa —añade cuando está comenzando a moverse—, tendrás que ser muy silenciosa cada mañana, si no quieres que todo el mundo sepa que te estás follando al jefe—. Me mira de forma burlona.
Estoy a punto de darle un tortazo, pero frena mi mano a mitad de camino.
—Quieta, —dice volviendo a colocar su mano sobre mi boca—. ¿Acaso no está gustándote?
—Es usted un maldito pervertido, abusador… — me quedo callada, no sé qué más apelativos decir en su contra.
—Estoy de acuerdo, —se ríe entre dientes—. Pero, dime, —sonríe, mientras no deja de moverse contra mis caderas; aunque su sonrisa no deja de resultarme algo repulsiva, mi cuerpo comienza, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, a moverse a su compás—: ¿a qué te gusta, verdad?
—Sí, —grito de nuevo, por lo que vuelve a colocar su mano sobre mi boca.
—¿Y que ponga mi mano sobre tu boca también te gusta?, ¿no? —Abro mi boca para intentar morderle, pero me es imposible.
Continuamos moviéndonos el uno contra el otro desesperadamente. Y mi cuerpo está a punto de estallar. Hacía mucho que no estaba con un hombre y todos mis sentidos lo estaban reclamando con ansiedad.
Se desploma contra mí poco después de que mi vagina comienza a estremecerse debido al orgasmo.
—¡Ha sido el mejor polvo que he echado en años! —dice cuando consigue recuperar el habla y el ritmo habitual de sus constantes vitales—. ¡Eres una máquina!
En ese momento comienza a sonar el teléfono de su despacho. Se aparta de mí y, tras recogerlo del suelo, me lo entrega para que yo atienda la llamada.
—Sí, —digo escuetamente. Aún no me he recuperado del todo.
—Hola, Adri. Soy Rosa, —se queda un segundo en silencio—, ¿estás bien?
—Sí, sí, sí —digo rápidamente—, dime.
—Ha llegado la visita que estaba esperando el señor Hernández, —otra vez guarda en silencio, como si estuviese pensando si debería decir o no lo que está a punto de contarme—, ¿le hago pasar al despacho del jefe?
—Sí, claro —digo rápidamente—. Ahora salgo a recibirle. Y, sin más, le cuelgo la llamada.
Cuando voy a incorporarme, me doy cuenta de lo que ha estado haciendo mi jefe mientras yo hablaba con mi compañera.
Ha sacado su pañuelo de bolsillo, uno de esos de seda muy suaves; lo está utilizando para limpiar los restos de nuestro reciente encuentro juntos.
—¿No te has puesto condón? —le pregunto tuteándole por primera vez.
—No me gusta usarlo —dice—. Yo estoy sano y tú también, ¿no? Hace unos días vi que estabas tomando la píldora. Así que todos tranquilos.
Me pongo en pie llena de furia y trato de localizar mis bragas.
—Creo que hoy tendrás que pasar el día sin ellas, —me dice leyéndome el pensamiento—. Creo que deberías dejar de usarlas a partir de ahora—. Le veo que recoge los restos de mi ropa interior del suelo y se los guarda en el bolsillo. 
Le miro con estupor y, también en parte, enfadada conmigo misma; porque, he de reconocer, me ha gustado mucho el encuentro que acabamos de mantener.
—Por cierto, —añade cuando estoy a punto de salir por la puerta—, a partir de hoy te quiero todas las mañanas con tus piernas abiertas sobre mi escritorio y por las noches en mi cama.
Sin más, me encamino hacia la recepción de la empresa al encuentro del visitante de mi jefe; y me olvido por completo de la carta de renuncia.

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