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Esta
mañana me he levantado con una decisión firme. Voy a dimitir de mi trabajo; es
más, ya tengo mi carta de renuncia redactada e impresa.
—Buenos
días —saluda Rosa, la recepcionista de la empresa donde llevo trabajando desde
hace más de diez años, cuando paso por la recepción del edificio. Mi vida,
hasta hace apenas una semana, era sencilla y rutinaria.
Después
de mi ascenso, Rosa y yo lo celebramos por todo lo alto; creí que era lo mejor
que podía haberme sucedido. No podía estar más equivocada. Pero, aquel día,
estaba muy feliz. Decidimos salir a cenar y después ir a bailar a una discoteca
hasta altas horas de la noche. Nunca imaginé que, tan solo una semana después,
me iba a rendir, casi sin haber plantado batalla; pero es que no tengo otra
opción.
Tan solo recordar el sabor de sus labios, su erección apretándose firme contra mí bajo vientre… por suerte para mí, no pasó de ahí y no tengo nada de qué arrepentirme.
No
quiero estar con nadie, ni siquiera quiero tener sexo esporádico. Tampoco busco
una relación. Lo que ocurre es que no quiero repetir la experiencia vivida con
Eros y Gary. Tengo que reconocer que aquello, lo que tuve con ellos, fue
demasiado bueno. No, en realidad, lo que sucede es que no quiero el tipo de
relación que tenía con ellos. Al fin y al cabo, la aparición de George fue la
excusa perfecta para marcharme de Londres e iniciar una nueva vida en Madrid.
Me
siento en mi mesa porque mi jefe aún no ha llegado. La entrega de la carta
deberá esperar un poco, pero no demasiado.
—A
mi despacho, —dice sin mirarme, cuando entra en la oficina de dirección.
Tomo
la carta entre mis manos y, tras esconderla en el bolsillo de mi vestido, uno
de esos camiseros, camino rápido detrás de él.
En
cuanto traspaso la puerta no me da tregua, me arrincona contra la pared, detrás
de la puerta y, tras levantarme la falda, me alza al vuelo aferrando mis nalgas
y besándome.
Sin
ser consciente de ello, abro mi boca por instinto y lucho contra él. Pero no
para deshacerme de su ímpetu repentino, sino para tener el control del beso.
Me aferro con fuerza a su cuello y trato de empujar mis caderas contra su magnífica erección. La misma que sentí hace menos de diez horas. Está pegada contra mis bragas que, sospecho, deben estar más que mojadas por su culpa.
Camina
hacia su mesa conmigo entre sus brazos y, sin ningún reparo, retira de forma
brusca todo lo que hay sobre ella: papeles, portátil, bolígrafos… todo cae al
suelo con un enorme estruendo.
—Ayer
te me escapaste, —me dice con la voz agitada, tras apartarse un poco de mí—,
pero hoy no te me vas a escurrir. Lo primero que voy a hacer cada mañana, a
partir de ahora, va a ser follarla, señorita Garza. ¿Está de acuerdo? —pregunta
y me mira con ansiedad.
—Sí
—respondo. Estoy sorprendida, no sé de dónde ha salido mi respuesta: si de mi
boca o del deseo carnal que siento hacia este hombre. No me deja decir nada
más.
Su
mano se interna bajo mi falda y, tras arrancar mis bragas, me penetra con
fuerza. De mi garganta sale un grito de placer e, instintivamente, coloca su
mano sobre mi boca para que nadie me escuche.
—Otra
cosa —añade cuando está comenzando a moverse—, tendrás que ser muy silenciosa
cada mañana, si no quieres que todo el mundo sepa que te estás follando al
jefe—. Me mira de forma burlona.
Estoy
a punto de darle un tortazo, pero frena mi mano a mitad de camino.
—Quieta,
—dice volviendo a colocar su mano sobre mi boca—. ¿Acaso no está gustándote?
—Es
usted un maldito pervertido, abusador… — me quedo callada, no sé qué más
apelativos decir en su contra.
—Estoy
de acuerdo, —se ríe entre dientes—. Pero, dime, —sonríe, mientras no deja de
moverse contra mis caderas; aunque su sonrisa no deja de resultarme algo
repulsiva, mi cuerpo comienza, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, a
moverse a su compás—: ¿a qué te gusta, verdad?
—Sí,
—grito de nuevo, por lo que vuelve a colocar su mano sobre mi boca.
—¿Y
que ponga mi mano sobre tu boca también te gusta?, ¿no? —Abro mi boca para
intentar morderle, pero me es imposible.
Continuamos
moviéndonos el uno contra el otro desesperadamente. Y mi cuerpo está a punto de
estallar. Hacía mucho que no estaba con un hombre y todos mis sentidos lo
estaban reclamando con ansiedad.
Se
desploma contra mí poco después de que mi vagina comienza a estremecerse debido
al orgasmo.
—¡Ha
sido el mejor polvo que he echado en años! —dice cuando consigue recuperar el
habla y el ritmo habitual de sus constantes vitales—. ¡Eres una máquina!
En
ese momento comienza a sonar el teléfono de su despacho. Se aparta de mí y,
tras recogerlo del suelo, me lo entrega para que yo atienda la llamada.
—Sí,
—digo escuetamente. Aún no me he recuperado del todo.
—Hola,
Adri. Soy Rosa, —se queda un segundo en silencio—, ¿estás bien?
—Sí,
sí, sí —digo rápidamente—, dime.
—Ha
llegado la visita que estaba esperando el señor Hernández, —otra vez guarda en
silencio, como si estuviese pensando si debería decir o no lo que está a punto
de contarme—, ¿le hago pasar al despacho del jefe?
—Sí,
claro —digo rápidamente—. Ahora salgo a recibirle. Y, sin más, le cuelgo la
llamada.
Cuando
voy a incorporarme, me doy cuenta de lo que ha estado haciendo mi jefe mientras
yo hablaba con mi compañera.
Ha sacado su pañuelo de bolsillo, uno de esos de seda muy suaves; lo está utilizando para limpiar los restos de nuestro reciente encuentro juntos.
Ha sacado su pañuelo de bolsillo, uno de esos de seda muy suaves; lo está utilizando para limpiar los restos de nuestro reciente encuentro juntos.
—¿No
te has puesto condón? —le pregunto tuteándole por primera vez.
—No
me gusta usarlo —dice—. Yo estoy sano y tú también, ¿no? Hace unos días vi que
estabas tomando la píldora. Así que todos tranquilos.
Me
pongo en pie llena de furia y trato de localizar mis bragas.
—Creo
que hoy tendrás que pasar el día sin ellas, —me dice leyéndome el pensamiento—.
Creo que deberías dejar de usarlas a partir de ahora—. Le veo que recoge los
restos de mi ropa interior del suelo y se los guarda en el bolsillo.
Le miro con estupor y, también en parte, enfadada conmigo misma; porque, he de reconocer, me ha gustado mucho el encuentro que acabamos de mantener.
—Por
cierto, —añade cuando estoy a punto de salir por la puerta—, a partir de hoy te
quiero todas las mañanas con tus piernas abiertas sobre mi escritorio y por las
noches en mi cama.
Sin
más, me encamino hacia la recepción de la empresa al encuentro del visitante de
mi jefe; y me olvido por completo de la carta de renuncia.
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